jueves, 16 de julio de 2009
jueves, 2 de julio de 2009
La omnisciencia de Dios
Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.1 Pedro 2:24.
Oh Señor, tú me has examinado y conocido.Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos.Salmo 139:1-2.
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.Salmo 139:23-24.
La omnisciencia de Dios
Dios ve, oye y conoce todo, incluso nuestros pensamientos más secretos. Ante él nadie puede disimular ni ocultar sus malos sentimientos. Lo que se hace a escondidas, a espalda de todos, algún día será puesto en plena luz.
Los problemas que encontramos, pequeños o grandes, a veces nos dejan desconcertados, y suspiramos: –¿Por qué Dios no interviene? Podríamos pensar que él no se interesa por nosotros. Por eso a menudo repite claramente en su Palabra que él ve todas las injusticias: “Trastornar al hombre en su causa, el Señor no lo aprueba” (Lamentaciones de Jeremías 3:36). A su debido tiempo, Dios juzgará todo con perfecto conocimiento “según la obra de cada uno” (1 Pedro 1:17).
¡Nadie puede escapar de la mirada de Dios! (Salmo 139:7-8). Según la relación que mantenemos con Dios, o nos molesta su mirada, o nos tranquiliza. Si conozco a Dios sólo como juez supremo, seguramente que no me sentiré muy cómodo. Pero si por la fe le he recibido como Padre en Jesús, como el que me ama y me ha perdonado, entonces estaré feliz de saber que nada se le escapa: ni mis problemas, ni mis preocupaciones, ni mis dudas, ni mis penas… Al contrario, cada una de mis circunstancias me invita a acercarme aún más a él.
viernes, 8 de mayo de 2009
UN DEVOCIONAL PARA TU VIDA
QUE EL SEÑOR TE BENDIGA Y TE FORTALEZCA CADA DÍA
lunes, 20 de abril de 2009
Bástate mi gracia
en todo y por todo estoy enseñado,
así para estar saciado como para tener hambre…
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
Filipenses 4:12-13.
“Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él (Jesús) estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento… Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen? (Marcos 4:37-41).
He aquí algunas reflexiones de un creyente del siglo XIX: «Señor, no permitas que en los momentos más difíciles temamos o lloremos como si tú ya no estuvieses ahí o como si tu gracia no nos bastase. En la tranquilidad o en la tempestad, en la enfermedad o en la salud, en la abundancia o en la escasez, gozando de los lazos de amor del círculo familiar, al pie de una cuna o de una tumba o en la soledad… sabemos que tu gracia nos bastará siempre.
Cuando todo llegue a faltarnos, cuando todos nuestros apoyos terrestres se derrumben bajo nuestros pies y cuando andemos por el “valle de sombra de muerte”, en ese momento cuando ya no tengamos ni salud, ni dinero, ni gloria, ni el amor terrenal… tu amor nos dirá más claramente que nunca tu eterna palabra: “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12:9)».